
En estos momentos te diría amiga, que cuántas risas nos hemos perdido, que cuántos chismes, cuánto consuelo no nos hemos dado.
No entiendo el porqué. El orgullo nos cegó y como dos líneas no paralelas chocamos y seguimos adelante con un pedazo menos de corazón.
Me heriste. Te perdoné. Te herí. Me perdonaste. ¿Qué nos hicimos? ¿Qué nos hemos hecho? A dónde nos ha llevado el orgullo? Al desprecio mutuo. Tú, que sabías mis temores más profundos, los despreciaste. Yo, actuando sin pensar, hice lo que no creía posible: despojarte de tu dignidad. Y eso sin darnos cuenta.
Quizá no nos conocíamos tan bien.
Y ahora ya no puedo mirarte e imaginarme un futuro a tu lado. Pues, al mínimo roce, una herida profunda se abriría y sangraría otra vez. Te miro y veo decepción. Y creo que me miras y también la ves. Y te miro y no me inspiras buenas emociones. Quizá sería mejor no mirarte.
Nos advirtieron, amiga, y no obviamos la advertencia. ¿Será cierto que no decidimos nada?
Me heriste en lo más profundo y aunque de la herida no haya muerto, nunca la olvidaré y su cicatriz miraré y lloraré todos los años que viva.
Creo que lo que espero olvidar son algunos buenos momentos de confianza y amistad que me hacen llorar y pensar:¿Qué nos corrompió? ¿Cómo pudimos terminar así?
|
No hay comentarios:
Publicar un comentario